En Sus Ojos

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios – 1 de enero de 2018

Santa Margarita María – Wichita, KS

Números 6:22-27; Salmo 66:2-3, 5-6, 8; Gálatas 4:4-7; Lucas 2:16-21

Hoy celebramos a María, la Madre de Dios. Este es un hecho grande e importante de nuestra fe: María es verdaderamente la Madre de Dios. De hecho, este es uno de los primeros títulos otorgados a María: Madre de Dios. Y podríamos pasar toda la tarde discutiendo la teología de esto, cómo esto es posible, cómo un humano puede ser la madre de Dios—aunque podríamos hacer esto, nuestras lecturas ponen nuestra atención en algo mucho más simple, mucho más humano: ponen nuestra atención en una mirada.

En nuestra primera lectura, escuchamos la gran bendición dada a Moisés por el Señor: “El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz” (Num. 6:24-26). Dos veces, dos veces esta bendición nos recuerda el hecho más importante: la importancia de que el Señor nos mire. Dos veces, esta bendición pide que el Señor haga resplandecer su rostro sobre nosotros y que nos mire con benevolencia.

Esto suena extraño—para enfocar tanto la mirada del Señor—¡pero piénsalo! ¿Cuál es la cosa número uno que anhelamos? Algunas personas quieren dinero, o poder, o placer, o honor. Y sí, esos son geniales! Pero al final del día, ¿qué es lo que realmente queremos? Queremos ser vistos. Queremos que alguien nos vea, nos reconozca, nos conozca. Queremos a alguien que, con una simple mirada, pueda cambiarlo todo. Queremos una mirada que nos haga sentir extraordinariamente vistos. Piénsalo: publicamos fotos en Facebook, Instagram y Snapchat, con la esperanza de que tengamos muchos “likes,” muchas vistas. ¿Por qué? Porque queremos saber que somos vistos, que las personas nos ven. Pero ni siquiera eso es suficiente. ¡Anhelamos lo auténtico! Porque cuando alguien te mira, persona a persona, cara a cara—cuando alguien realmente te mira, esto hace más que cualquier otra cosa. Tiene el poder de salvarte.

Al final del día, queremos una mirada que nos pueda salvar. Claro, queremos ver a Dios, queremos experimentar la plenitud de la alegría que viene de verlo cara a cara. Pero, como San Pablo nos recuerda, “que Dios nos mira es mucho más salvífico que lo que lo vemos” (Balthasar, c.f., 1 Cor. 8:3). Anhelamos esa mirada de Dios mismo.

Esto es lo que María experimentó cuando se convirtió en la Madre de Dios. ¿Recuerda sus palabras a Elizabeth? “Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque ha mirado con favor a su esclava” (Lucas 1:48). El Señor miró a María, y de esta mirada nació nuestra salvación, nació Cristo el Señor. Y a su vez, María también nos es dada como nuestra Madre, para darnos la mirada de su protección materna.

Recuerda las palabras de nuestra señora a Juan Diego: “Oye y pon bien en tu corazón, hijo mío…: nada te asuste, nada te aflija, tampoco se altere tu corazón, tu rostro.…¿No estoy aquí yo, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en donde se cruzan mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe.”

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