Mi Miedo Más Grande

Sexto Domingo del Tiempo Ordinario (A) – 16 de febrero de 2020

Santa Margarita María – Wichita, KS

Sirach 15:15-20; Salmo 118:1-2, 4-5, 17-18, 33-34; 1 Corintios 2:6-10; Mateo 5:17-37

¿MI MIEDO MÁS GRANDE? “ESTOY BIEN.”

He sido católico toda mi vida. Y así, desde muy joven, he estudiado la fe. Estudié en el seminario durante seis años, sobre la fe y la Biblia, y tengo títulos en mi pared que dicen que sé de lo que estoy hablando—supuestamente. He estado leyendo y orando seriamente con las Escrituras durante los últimos siete años. Cuando fui ordenado diácono, el obispo Kemme me entregó el libro de los Evangelios y me dijo: “Cree lo que lees. Enseña lo que crees. Practica lo que enseñas.” Y lo mejor que puedo entender, y lo que Jesús dice acerca de seguirlo—aquí hay algo que me preocupa, algo que me pone ansioso todos los días, y lo diré lo más simple que pueda. Estoy profundamente preocupado—uno de mis mayores temores es que, aunque estén bautizados y tengan sus sacramentos, aunque estén sentados en la iglesia hoy…que algunos de ustedes, algún día, no entrarán en el Reino de los cielos (cf. , Mt 5:20), será llevado al lugar de castigo (cf. Mt 5:22).

Y hay dos lados. Por un lado, no quiero que ninguno de ustedes piense, “Voy al cielo,” si no es así. No es cariñoso ni amable de m para fingir que no es una posibilidad. Pero, por otro lado, ¡no quiero que las personas aquí hoy que conocen a Jesús piensen que no lo conocen, o que las personas que lo siguen piensen que no lo siguen! Pero especialmente con estas lecturas de hoy, me he sentido convencido por el Espíritu de mencionar esto. Porque me preocupo por ustedes, cada uno de ustedes. Y algunos de ustedes están luchando en su matrimonio—y me importa…pero me importa más su salvación. Algunos de ustedes están luchando con la enfermedad—y me importa…pero me importa más su salvación. Algunos de ustedes están luchando con racismo, su estatus de inmigración, algunos han pérdida su trabajo—y me importa…pero me importa más su salvación. Porque esa…ESA es para siempre. Esto está pasando. Pero la salvación es para siempre.

Porque un día Dios va a decir: “¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel! ¡Ven aca! ¡Mi hijo, mi hija! (c.f., Mt 25: 21-31). O, “‘¡Aléjense de mí! Jamás los conocí”(cf., Mt 7:23). Este mismo pasaje en Lucas (cf., Lc 13: 25-27)…más que cualquier otro Evangelio, este pasaje de Lucas se destacó para mí. Jesús dice: “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor,’ entrará en el reino de los cielos, sino solo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo. (cf., Mt 7:21 y Lucas 13:25).

“ESTOY BIEN. DIOS NO JUZGA.”

Ese pasaje continúa diciendo: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y expulsamos demonios e hicimos muchos milagros?” (Mt 7:22). La gente dice: “Señor, Señor, comimos y bebimos contigo, te oímos enseñar en nuestras calles” (Lc 13:26). Y Jesús dice: “Apártate de mí. Jamás te conocí.” Todas estas personas que dicen: “Creo en Dios. Fui a la iglesia de vez en cuando. Recé. Tengo mis sacramentos. Soy una buena persona.” Pero Jesús dice: “Muchos me dirán, ‘Señor, Señor.’ Muchos dirán, ‘Creo en Dios. Fui a la iglesia. Rezaba una oración de vez en cuando.’” ¿Y qué les dirá Jesús? “Apártate de mí. Jamás los conocí.”

¡Mucha gente está engañada! Muchos piensan: “Soy una buena persona. Creo en Dios. Estoy bien. Y lo que es peor, ¡algunos de ustedes les enseñan eso a sus hijos! Y a Jesús especialmente no le gusta eso: “Si alguien hace pecar a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una gran piedra de molino y lo hundieran en lo profundo del mar” (Mt. 18:6). ¿Pero qué hacemos? Como dice San Pablo, “Dejamos de escuchar la verdad y empezamos a escuchar a mitos” (2 Tim. 4: 4); encontramos personas que nos dicen lo que queremos escuchar, nos dicen: “No, solo se una buena persona. Estás bien.” Y mis queridos hermanos y hermanas, me preocupo demasiado por ustedes para permitirles creer eso.

¡Dios es un Dios de amor, un Dios de misericordia! Pero si crees que no juzga, que no castiga, ¡has sido engañado! Lee Génesis. Dios inundó la tierra y mató a todos los hombres, mujeres y niños, excepto a Noé y su familia (Gn 7). Lee Éxodo cuando Dios mató al primogénito de cada familia, desde el primogénito del faraón hasta el primogénito del prisionero (cf., Ex 12:29). “Oh, padre. Ese es el Dios del Antiguo Testamento. Jesús no hace eso.” De verdad? Lee estos pasajes nuevamente del Evangelio. Lee el libro de Apocalipsis cuando Jesús dice: “Conozco tus obras…Por tanto, como no eres ni frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca” (Apoc 3:15-17). Pablo dice en su carta a los hebreos: “Si después de recibir el conocimiento de la verdad pecamos obstinadamente, ya no hay sacrificio por los pecados. Solo queda una terrible expectativa de juicio, el fuego ardiente que ha de devorar a los enemigos de Dios.…Conocemos al que dijo, ’Mía es la venganza; yo pagaré.’ Y también, ‘El Señor juzgará a su pueblo.’ ¡Terrible cosa es caer en las manos del Dios vivo!” (Hb 10:26- 31).

Esta vida es vapor, está desapareciendo. Y así oraba mucho esta semana, pidiéndole al Espíritu que me ayudara, preguntando: “Si soy honesto, ¿qué les digo?” Y me encontré con un amigo, y, sin siquiera hablar de mi homilía este fin de semana, me contaron sobre una imagen que realmente los impresionó y puso en perspectiva la brevedad de esta vida.

LA IMAGEN DE CUERDA

Imagina que esta cuerda continúa para siempre. Imagina que esta cuerda es una línea de tiempo de tu existencia (porque existes para siempre). Y esta parte roja [*apunta a tres pulgadas de rojo en la cuerda*]—esta parte roja es tu tiempo en la tierra…y luego tienes toda la eternidad en otro lugar.

Lo que me sorprende es que para algunos de ustedes, todo lo que piensan es en esta parte roja. Estás consumido con esta parte roja. Piensas, “Voy a disfrutar esta parte aquí mucho. Y voy a viajar aquí. Y no me voy a casar hasta aquí porque quiero disfrutar mi vida primero.” ¡Pero esta parte roja, cómo vivimos esta parte roja, determina cómo viviremos el resto de la eternidad! Y, sin embargo, ¡estamos consumidos por hacernos felices y cómodos aquí!

Es la cuestión de: ¿te vas a lamentar cómo pasaste tu vida? ¿Cómo gastas tu tiempo, energía y dinero aquí? ¿Vas a lamentar de gastar tanto tiempo, dinero y energía en un carro? ¿Vas a lamentar de ver Netflix durante 1,000 horas? ¿Vas a lamentar esos zapatos de $200 que compraste, mientras tu vecino luchaba por pagar su cuenta de electricidad? ¿Vas a lamentar tus muchas horas de compras de ropa, mientras que otros solo esperaban ropa limpia? ¿Vas a lamentar de haber gastado $15,000 en una quinceañera? ¿Vas a lamentar ese torneo de fútbol en Kansas City? ¿Vas a lamentar de nunca haberte casado por la Iglesia? ¿Vas a lamentar la anticoncepción que usas? ¿Vas a lamentar todas las cosas que haces en tu teléfono que esperas que tus padres nunca descubran?

Algo que he notado es que en nuestra cultura, no hablamos sobre la muerte, pretendemos que no va a pasar. Y cuando sucede, ¡actuamos completamente sorprendidos! “¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo murió ella?” Pienso en las lloronas en los funerales. ¿Pero por qué? De hecho, ¿a quién le importa si morimos? Todos sabemos que vamos a morir. Les dije a algunos de ustedes que era mi sueño morir a los 24 años, como muchos grandes santos, como Teresa de Lisieux y Pier Giorgio Frassati. Y la respuesta que recibí fue: “No, p. ¡Miguel! ¡Disfruta tu vida!” Y siempre pienso: “¿Qué? ¡No! ¡No quiero vivir para esta vida!”

San Pablo dice: “Sigan mi ejemplo. ¡Sigue avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece! Sigue el ejemplo a los que caminan como nosotros, que viven así.” Porque San Pablo luego dice: “Les he dicho a menudo, y ahora lo repito hasta con lágrimas, muchos se comportan como enemigos de la cruz de Cristo” (cf. Fil 3:18). Hay personas, personas aquí, personas que creen en Dios, “buenas personas,” que viven como enemigos de la cruz. Y Paul está llorando. ¿Por qué? Porque “su destino es la destrucción,” él dice. ¿Y su dios? Pablo dice: “adoran al dios de su estomago [sus deseos, lo que quieren]” (3:19). Y “se enorgullecen de lo que es su vergüenza.” Ellos muestran todas estas cosas de las que realmente deberían avergonzarse: cuánto gastaron en un carro, una fiesta o maquillaje; o muestran el trofeo del torneo al que asistieron pero se perdieron la misa. Y realmente deberían estar avergonzados. Se enorgullecen de cuánto han ganado del mundo. Están mostrando quién es su verdadero dios. Su dios son ellos mismos.

Jesús quiere que lo sigamos, que vivamos para él. Y aveces estoy atrapado en esto, lo sabes. Solo quería seguir mi propio plan, mis propios deseos: ser médico, casarme, tener hijos. Incluso ahora estoy tentado a seguir mis propios deseos. Pero no quiero ser un “enemigo de la cruz,” no quiero vivir como si este mundo fuera todo lo que hay. Quiero seguir a Jesús. ¡Y sé que muchos de ustedes también lo hacen! Pero seguirlo no se parece a lo que todos los demás están haciendo. Jesús dice: “¿Quieres seguirme? ¡Excelente! Ve a vender todo lo que tienes. Recoge tu cruz.” En otras palabras, deja todo lo demás—dinero, tus planes, tu comodidad, tu conveniencia—y ven.

MANTENGA LOS MANDAMIENTOS Y SU OJO EN EL PREMIO

¿Como hacemos eso? ¿Cómo lo seguimos? Bueno, lo primero es guardar sus mandamientos. Jesús dice: “¡No he venido a abolir la ley! ¡Sino a darles plenitud!” Como dijo nuestro salmo, Dichoso el que cumple la voluntad del Señor. ¿Y cuál es el incentivo para guardar sus mandamientos hacer su voluntad? De nuevo, ¡regrese a nuestra segunda lectura! “Lo que Dios ha preparado para los que lo aman, ni el ojo lo ha visto, ni el oído lo ha escuchado, ni la mente del hombre pudo siquiera haberlo imaginado” (1 Cor 2:9), por toda la eternidad. ¡Fíjense en el premio! Puedes decirte a ti mismo: “Claro que sufrí. Claro que renuncié a las cosas. Pero cuando veo a Jesús en la línea de meta, ¡sé que valdrá la pena!”

Nos centramos mucho en nuestra “casa de esueño” o en nuestro “carro de esueño” o en nuestro “trabajo de esueño.” ¿Pero eso realmente va a durar? Vas y compras ese carro nuevo, y un mes después ya es viejo y aburrido. Compras esos zapatos nuevos, y unas semanas después son viejos. ¿Eso realmente va a durar? Sus niños nunca me cuentan lo entusiasmados que están por abandonar todo y seguir a Cristo; pero me cuentan sobre el trabajo que quieren, los lugares a los que quieren viajar, las cosas que quieren comprar, su plan. Escucho a los padres decir: “Quiero que mi hijo tenga una buena vida. Quiero que tengan un buen trabajo y buenas ganancias. Quiero que viajen.” ¿Eso realmente va a durar?

Y todo lo que puedo pensar es: “¿Qué? ¿En serio?” ¿Qué les estamos enseñando a nuestros hijos? ¿Qué nos estamos diciendo a nosotros mismos? ¿Qué estamos haciendo? Una vez más, sé que muchos de ustedes tienen muchas dificultades en su vida. Y me importa. Pero me importa más tu salvación. Y tuve que ser honesto con ustedes.

Si no estamos aquí en esta Eucaristía para ser fortalecidos para los desafíos, el sufrimiento y el agotamiento de seguir al Señor y guardar sus mandamientos, ¿por qué estamos aquí? Si no ponemos nuestra vida entera en sus manos, ¿qué nos detiene?

Mi esperanza es que cada uno de nosotros tenga el valor de orar algún día, “¡No me importa lo que conduzco! ¡No me importa lo que me pongo! ¡No me importa! ¿Puedo tener Dios?¿La vida eterna?? ¡¡Cualquier cosa!! ¡Haré lo que sea!” Y Jesús responderá, “todo el que por mi causa y la del evangelio haya dejado [todo] recibirá cien veces más ahora en este tiempo… y en la edad venidera, la vida eterna” (Mc 10:29-30). Y cuando llegue ese día, escucharemos: “¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel!”

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